Fatiga Zoom: Por qué se produce y cómo atenuarla


Fatiga Zoom: Por qué se produce y cómo atenuarla - Mauricio Cohen Salama

 

Las situaciones inéditas que estamos afrontando en 2020 a causa de la pandemia de COVID-19 se identifican a veces mediante neologismos ingeniosos. Por ejemplo, se denomina “zoompleaños” al festejo de un cumpleaños organizado a través de un programa de videollamadas, incluso cuando no se trate de la plataforma Zoom. También incorporamos el término “covidiota” para referirnos a quienes no han ajustado su conducta diaria de manera tal de tratar de evitar los contagios. Y se aventura que el término “coronnials” servirá para designar a los nacidos o concebidos durante el aislamiento, que darán sus primeros pasos en un mundo quizá muy diferente al que hemos conocido o podíamos prever.

 

En ese contexto de novedad inesperada, buena parte de la población ha trasladado a sus hogares los intercambios que antes hacía en las oficinas o en las escuelas. Para ello, han tenido que reorganizarse los espacios, las agendas y las prioridades, con el sano propósito de que cada integrante del grupo familiar pueda desarrollar su actividad sin mayores interferencias. Cuando esto se logra, en general después de laboriosos acuerdos seguidos de ajustes provenientes de la prueba y el error, se descubre un funcionamiento que suele tener entre sus recursos básicos las reuniones virtuales. Aparece entonces un agotamiento insidioso y desconcertante, del que nos ocuparemos en este artículo y que ha dado lugar a un nuevo neologismo: la fatiga Zoom.

 

Comportamientos automáticos

 

Hay dos malentendidos que conviene aclarar antes de entrar en tema. El primero se refiere a confundir la fatiga Zoom con el cansancio ocular que suelen producir las pantallas de computadora. Este último existe y requiere un tratamiento específico, que en ocasiones incluye una visita al oculista y medidas tales como minimizar el reflejo de la pantalla y hacer descansos cada hora de unos cinco minutos de duración. La fatiga Zoom es un fenómeno enteramente diferente, que está íntimamente ligado con las videoconferencias. Indicación esta que nos da pie para señalar el segundo malentendido, que para muchos resultará obvio: no se trata solo de Zoom, que es hoy la plataforma de mayor crecimiento; lo mismo sucederá con Google Meet, Skype o cualquier otra interfaz de similares características.

 

Hechas las aclaraciones del caso, veamos ahora por qué las videoconferencias son una práctica extenuante. El motivo, como sucede con otros padecimientos contemporáneos, está en que para nosotros resulta casi imposible controlar los comportamientos automáticos que se activan ante diferentes estímulos. Así, incapaz de advertir la diferencia entre una videollamada y una conversación presencial, nuestro cerebro intentará captar e interpretar todo el lenguaje no verbal de nuestro interlocutor. En seguida, al comprobar que solo cuenta con una imagen difusa que emite mucha menos información que la habitual, en lugar de abandonar el intento redoblará el esfuerzo por decodificar los pequeños gestos corporales, las expresiones faciales y el tono emocional del hablante.

 

Multipliquemos esa circunstancia por cuatro, siete o más participantes de una videoconferencia y obtendremos esa experiencia con forma de mosaico a la que solemos asistir con la pretensión inconsciente de obtener mucho más de lo que finalmente nos llevamos. Por eso, en un entorno donde cada uno de los participantes tiene parte de su atención pendiente de lo que no puede captar con claridad, la interacción suele ser de baja intensidad y restringirse a exposiciones o diálogos con escasa coordinación.

 

Presentes y atentos

 

La contracara de esa dificultad para interpretar el lenguaje no verbal de los otros participantes es la exigencia de que todos presten atención a lo que se está diciendo y se muestren completamente presentes ante la cámara que los enfoca. Reclamamos esa atención porque estamos recibiendo información que juzgamos insuficiente, y para compensar esa carencia requerimos, sin darnos cuenta quizá de los motivos, que los otros se expongan todo lo posible y nos permitan de ese modo hacernos una idea menos incompleta de lo que ocurre.

 

Por esa razón, nos incomoda más de la cuenta que la transmisión sea de mala calidad, que se apague la cámara, que se consulte el smartphone, que se haga una interrupción de cualquier tipo o que alguien esté distraído. Cuando por inconvenientes en la transmisión la imagen de un participante queda congelada, nos apuramos a advertírselo para que lo corrija de inmediato saliendo y volviendo entrar a la reunión, pues nos parece inadmisible que la interacción se reduzca hasta ese punto.

 

Esta presión para estar presentes y atentos se agrega al esfuerzo que ya estamos haciendo por captar más datos de los que están verdaderamente disponibles. Si a todo esto le sumamos que también solemos controlar nuestra apariencia en la ventana que nos permite chequear la propia imagen, tenemos ya todos los elementos que explican por qué una videoconferencia prolongada termina siendo un intercambio agotador.

 

Menos es más

 

Para atenuar la fatiga Zoom es necesario intervenir de manera consciente en los comportamientos automáticos que nos llevan a la extenuación. Dicha intervención será más efectiva si se ponen en práctica las siguientes recomendaciones:

 

- Todo lo que se pueda resolver por mail o por chat, se resuelve por mail o por chat. En una segunda instancia, recurrir a la llamada telefónica. La videoconferencia debe ser el último recurso, no el principal ni el único. 

 

- Las reuniones de trabajo no deben durar más de 40 minutos y deben estar precedidas por una planificación que permita aprovechar ese tiempo.

 

- Cuando los participantes sean más de cuatro en encuentros habituales, es útil incorporar la figura del moderador, que puede ser rotativa entre reuniones, para dar mayor agilidad al intercambio.

 

- Hacer foco en el propósito de la reunión y bajar deliberadamente las expectativas de recoger información complementaria. Intentar no prestar atención a los pequeños gestos, a la apariencia de cada participante o a lo que se ve detrás.

 

- Tomar descansos cada 20 minutos para dejar de mirar a la pantalla durante al menos 20 segundos. Permitir a los que no están hablando que apaguen la cámara de video.

 

- Cuando se trate de un evento prolongado que no requiera nuestra intervención, grabarlo y verlo después en varios tramos.

 

Referencias

 

Elizabeth Grace Saunders, “I'll be right back. How to protect your energy during Zoom meetings”, Fast Company, 15/04/2020, disponible en https://www.fastcompany.com/90490716/ill-be-right-back-how-to-protect-your-energy-during-zoom-meetings (consulta 12/09/2020).

 

Julia Sklar, “'Zoom fatigue' is taxing the brain. Here´s why that happens”, National Geographic, 24/04/2020, disponible en https://www.nationalgeographic.com/science/2020/04/coronavirus-zoom-fatigue-is-taxing-the-brain-here-is-why-that-happens/ (consulta 12/09/2020).

 

Liz Fosslien y Mollie West Duffy, “How to Combat Zoom Fatigue”, Harvard Business Review, 29/04/2020, disponible en https://hbr.org/2020/04/how-to-combat-zoom-fatigue (consulta 12/09/2020).

Mauricio Cohen Salama

Mauricio es Coach Ejecutivo y consultor en Desarrollo Organizacional. Publica regularmente en el blog mauriciocohensalama.com. Es autor del libro Ser jefe/a en el siglo XXI: Conocimientos clave para tomar decisiones y mejorar el desempeño de tu equipo de trabajo, que se puede descargar gratis desde este link.

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