El ejercicio de dar


El ejercicio de dar - Lionel H. Moraña

Estaba en un café escribiendo una nota que habla sobre los cierres y los balances, ya estaba casi por la mitad de la nota (así que va a salir la próxima semana o la otra. De paso género un poco de expectativa) 

Y me sucedió algo que voy a denominar el "ejercicio de dar". Este ejercicio, que no es fácil ni es difícil, se hace de una sola manera:  sintiendolo en el momento, sin pensar.

Te cuento el hecho, que te adelanto, te va a emocionar o por lo menos... llenarte los ojos de agüita. Ahí va:

Llegué temprano al centro para una reunión que tenía alrededor de las 17 horas. Eran recién las 16 cuando agarré mi teléfono e hice un llamado a la persona que tenía que ver y le dije que estaría esperándolo en un café de la avenida de mayo. Avenida de mayo y piedras exactamente, una esquina.

En la calle, me para una persona cerca de la puerta del café y me dice: “me ayuda por favor, soy discapacitado” y me muestra unas lapiceras. Sin mediar más diálogo, entiendo que estaba queriendo generar una venta. Le pregunto cuanto salen y me responde: “lo que usted quiera”. Entonces saqué un billete de $5 e hicimos el intercambio. 

Siempre me olvidó o pierdo las lapiceras, hoy que tenía tiempo  debía aprovechar la espera para esbozar unas líneas. Me quedé conforme con mi compra y él también con su dinero.

Ingresé al café, empecé a sacar mi cuaderno (a veces escribo en la compu) pero el papel y la lapicera generan una hermosa ceremonia. Ver la hoja en blanco, el trazo de ideas y luego... El resultado concretado a través de trazos y trazos que contienen en su interior mucho más que las líneas que representan. ¿Alguna vez pensaste eso? ¿cuánto significado tienen y contienen unos trazos?... en fin, vino la moza, me preguntó si quería la carta. Le dije que simplemente el pedido: Un cortado en jarrito. 

Al traer el pedido, el problema estaba en plena ejecución: la lapicera hacia círculos y círculos en la hoja y los trazos no aparecían. La frotaba, la volví a hacer rodar sobre el papel, cambiaba de hoja... Y sólo aparecían unas líneas entrecortadas. Al ver esto la moza sacó su lapicera y dijo: “tomá, te presto la mía” (primer acto). La mire sorprendido, entendía que era una de sus herramientas de trabajo. “gracias”, le dije.

Comencé a escribir la nota que te hacía referencia al inicio, y de repente oigo entrar al local a un niño que estaba por las mesas. Pasaba por atrás, por el costado, y no podía ver que tenía. Paró en la mesa de al lado y lo ví. Era la mercadería para mí en el momento justo, eran lapiceras!!!. Sin embargo, me dije: “Ya está, ya compre y no anda. Esas deben ser iguales”. 

El niño, que tendría aproximadamente 9 años, fue hasta el fondo del local, y al volver, me encaró de frente: “señor” me dijo mirándome los ojos, “me queda una sola lapicera, me la compra?”. Como respuesta casi automática que hemos desarrollado los que nos cruzamos alrededor de 10 vendedores ambulantes por día, le dije: “No, gracias”.

Se paró al lado mío y me dijo: “es la última, se lo juro”. 

¿Por qué me juraría algo así? ¿Qué pensaría él que implicaría en mí que sea la última?

-¿Cuánto vale tu última lapicera?

-$10

Pensé hacía adentro: 100% más de la que pague recién, afuera. ¿Y si esta tampoco funcionara? y si en la librería estuviesen más baratas?

Y en ese momento, me pregunté a mí mismo: ¿“que implicaría en mí esa lapicera? ¿para que lo haría?” y me respondí: si es la última, seguro vuelve a su casa y yo $10 los puedo pagar. Siento qué estaría haciendo un poquito de justicia haciendo que ese nene de 9 años aproximadamente vuelva a su casa o vaya a jugar o vaya a hacer...cosas de niños...”. Con solo $10 pesos tenía la posibilidad de hacer eso. Entonces dije: “si, te la compró”.

- Gracias señor - tenía la cara iluminada. 

Y pensé que la historia terminaba ahí. 

Hoy hice un poquito de justicia me dije y me sentí bien (segundo acto).

A los 2 minutos de escribir con mi nueva lapicera, volvió el niño a la misma posición de cuándo había generado la venta. En su mano izquierda tenía un billete de Cien y otro de 10 y en su mano derecha tenía 10 lapiceras más.

- ¿Qué pasó?

- Tome señor, se las regalo todas.

- ¿Qué?

- Tomé, ya está, con la suya vendí todas.

- ¿Y esas lapiceras?

- Me las compró uno antes que usted, pero no las quería. Entonces ya está, ya vendí todas.

- ¡Pero no!. ¡Son tuyas! Seguí vendiendolas y conseguí más plata! (era una mini clase de capitalismo y maximización de los beneficios)

- No señor, ¡Yo ya vendí todo!. Estás, se las regalo a usted porque quiero.

En ese momento, sólo apareció en mí un lenguaje, el del cuerpo, y le dije: ¿“te puedo abrazar?”. “sí”, me dijo. Solté mi lapicera,  abrí mis brazos y le di un gran abrazo. Creo yo, que le expresé un montón de cosas con ese abrazo. El cuerpo habla a veces sin emitir palabras. 

Se me llenaron los ojos de lágrimas al distinguir en ese acto del niño lo que es la pureza, al percibir lo que es vivir sin querer sacar ventajas, siendo auténtico, directo, coherente, siendo transparente, siendo niño... (tercer acto).

Al separarse de mí le dije: “muchas gracias” las personas de las mesas de alrededor miraban sorprendidas. 

Dejó las lapiceras sobre la mesa y se fue flameando sus $110 feliz de haber hecho... Lo que sintió (digo yo).

Cuánto aprendizaje para mí por favor!. Tres actos, muchas enseñanzas y el compromiso de continuar con esa ola de dar...

Cuando volvió la moza, le dí cinco lapiceras y le devolví la suya. Le dí a los vecinos de las mesas aledañas y todos, todos se alegraron. Sus rostros eran distintos a los que había visto segundos antes. Cuantas cosas mueve "el ejercicio de dar" en las personas. ¿Por qué?. 

Al transcurrir las horas me quedé pensando en lo que hizo el niño y llegué a una conclusión después de habérselo contado a algunas personas. Y es que ese niño, sin influencia aún del paradigma del mundo capitalista, lo que estaba valorando, era el bien más preciado que todos tenemos y a veces no nos damos cuenta: El tiempo. Para él, era más importante su tiempo que tener 10 lapiceras más para vender. No importaba la ganancia, importaba su tiempo. 

¡Gracias niño por mostrarme eso!

El ejercicio de dar... se convierte en una danza en la que dando recibís...y recibiendo, das. ¿Qué pasaría si hoy, das, sin esperar algo a cambio? 

¿Te animas a probar?.

Lionel H. Moraña

Lionel es Coach Ontológico Profesional. Emprendedor. Especialista en organizaciones, análisis, cambio cultural y organizacional.  Desarrollador de Líderes. Director de Punto de Inflexión, Consultora Organizacional. www.puntodeinflexion.com.ar 


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