Escuchamos tantas veces hablar de empatía y su significado nos puede resultar tan sencillo, tan obvio, que casi no nos ponemos a reflexionar al respecto. Sin embargo, luego, en el día a día, eso que parece tan fácil de decir, se nos convierte en muy difícil y hasta a veces imposible de aplicar.
Muchas veces nos cuesta ponernos en el lugar del otro incluso con las personas que más nos importan; otras veces nos cuesta tal vez porque no nos importan tanto, pero aún así debemos coordinar acciones y poder trabajar juntos. ¿Cómo hacerlo?
La empatía es poder comprender cómo el otro percibe la situación, cómo se siente la otra persona en un momento específico - desde esa persona y no desde mí. Implica conocer y aceptar su perspectiva, ver y aceptar la mirada de los hechos desde los valores y creencias del otro; comprender sus pensamientos y sus emociones. Esto no necesariamente implica estar de acuerdo con esa persona, sino validarlo como un auténtico otro, que tiene su propia voz e identidad independiente de la mía.
El gran desafío de aplicar la empatía no es comprar todo lo que dice el otro sin análisis ni clasificación, sino ser capaz de poder encontrarse con el otro en la diversidad. Esto se puede generar a través de:
Cuándo hacemos preguntas desde la curiosidad genuina, para aprender y conocer realmente al otro y a nosotros mismos, abrimos un nuevo horizonte de posibilidades. ¿Con qué me comprometo en este momento? ¿Qué quiero, ser efectivo o tener razón? ¿Qué valores elijo honrar? Son algunas de las preguntas para empezar a transitar este camino.
Muchas veces estamos tan en el detalle, atascados en lo específico, que estamos convencidos que la diferencia y la distancia con el otro es abismal, y que va a ser imposible ponerse de acuerdo o encontrar una opción intermedia; pero esto no tiene porqué ser así. Pensá y comunicate en un nivel más abstracto, abarcativo. Esto te permitirá generar nuevas oportunidades y podrás encontrar puntos de encuentro con el otro que no encontrarías de otra forma.
Como dice el refrán famoso, tenemos dos orejas y una boca por un motivo. Acostumbrados a escuchar al otro para ver en dónde coincide con lo que yo quiero decir, a tener respuestas más que a generarnos preguntas, y a que si yo tengo razón, vos estás equivocado, nos perdemos de la oportunidad de escuchar al otro de forma sincera, y aunque sea por un rato, brindarle el beneficio a la duda. Dale lugar al “puede ser” “¿por qué no?” al “lo voy a pensar” más que a interrumpir para imponer tu visión.
Pero Ojo! Hay tres cosas que tener en cuenta al momento de empatizar al otro y no caer en estos errores frecuentes y comunes que sólo dañan más las relaciones.
Ser empático es poder conectarme con el otro desde nuestra humanidad como iguales; si lo vas a hacer para manipular o para obtener el propio beneficio, no es empatía, es engaño. Los demás se van a dar cuenta de tus intenciones y lejos de crear lazos genuinos, vas a generar desconfianza y debilitar tus relaciones.
Si realmente no lo sentís, no lo digas. Es mejor no decir nada. Decir cosas que no sentís sólo va a deteriorar tu credibilidad.
El desafío es aprender a ver lo bueno en el otro y poder generar acciones juntos valorando la individualidad de cada uno. Reconocé sinceramente al otro y no te fijes solamente en lo que vos crees que el otro tiene que cambiar.